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ADIOS A NUESTROS VIERNES

Es el quinto día de la semana en que redacto esta parte de la historia; ya pasó la hora del almuerzo y estos días, más que en otras temporadas, la temperatura en la capital está fuera de control, el calor es abrumador que al salir a la calle a cualquiera nos gustaría caminar debajo de una regadera.
 
Bebo un vaso de agua muy helada para calmar esta sed insaciable, salgo de esta oficina para que el viento enfríe mi cuerpo, cruzo la mampara, llego al balcón y desde ese tercer piso observo con melancolía esa calle y los pocos arboles que tiene ese pequeño parque en forma triangular. 
 
Mientras miro este panorama voy recordando nuestra penúltima cita, aquel día en que vino a mi encuentro; que de seguro ese recuerdo estará muy bien guardado en mi memoria porque fue ella quien, sin importarle el inclemente sol y la distancia en que me encontraba, vino hacía mí.
 
Esa vez ella caminaba apresuradamente, estaba toda sudorosa, a cada paso que daba se secaba el rostro con una toallita, lo recuerdo todavía con su pequeña mochila en la espalda, toda esbelta ella tenía una maravillosa sonrisa en su pequeño rostro; y mientras más se acercaba me repetía: "supongo que me trajiste agua", "me estoy derritiendo", "urgente! quiero un bombero", esa vez todo fue inolvidable.
 
En todas las salidas anteriores que tuvimos, como buenos amigos, muy respetuosos, logramos controlar nuestros impulsos carnales de tenernos, amarnos, palparnos, sentirnos; en todas aquellas salidas anteriores fuimos excelentes compañeros, ambos nos hicimos terapia psicológica tratando de resolver problemas del mundo de parejas y de las relaciones conyugales.
 
Nuestro ultimo encuentro fue un viernes de enero que luego de esperarle por casi hora y media en el mismo lugar de siempre, ella llegó radiante como siempre. Ese día viernes, sin quererlo y sin pensarlo nos ganó nuestras ansias locas, nuestros deseos carnales, rompimos nuestros propios protocolos establecidos,  que terminamos en un viejo motel del centro histórico de la ciudad. 
 
Así es, luego de haber salido por mas de dos años consecutivos solo como amigos, ese viernes, luego de haber estado juntos por más de dos horas en un rincón de ese pequeño bar, bebiendo un Pisco Sour, un Cuba Libre y un Mojito, terminamos en un cuarto oscuro de un hotel de pésima calidad de cama con colchón que no fue paraíso y un televisor que parecía ser a blanco y negro. Y ahí, con la luz apagada, en ese espacio oscuro, dispusimos a amarnos cual pareja insaciable con la intención de que ese momento se haga una eternidad. Nuestras ropas, como si entendieran el gozo que sentimos ese momento se pusieron uno encima del otro, se amaron tanto que compartieron sus perfumes para que sus olores se hagan eternos.
 
Días después de ese encuentro fortuito, de esa vivencia inmortal, ella sin motivo alguno decidió acabarlo todo, dolió profundamente escuchar de su voz y leer su mensaje de texto en la que me decía que no la escribas más, que por ningún motivo lo haga y que todo acababa.
 
Estos días quisiera narrarle sobre el inmenso vacío que está generando su partida, y aunque digan que no es lo correcto, todavía abrigo la esperanza que pronto tengamos una cita donde podamos hablar de lo que nos ha sucedido. Pero, aunque he tratado de saber de ella al menos por sus redes sociales veo que ha dejado de seguirme, me bloqueó, no hay fotos, ni  historias, ni actualizaciones de estados temporales.
 
Hasta ahora, acongojado, trato de entender el por qué, así de pronto, todo acabó ese día, hasta ahora no entiendo lo sucedido, ella se alejó abruptamente y de seguro sin imaginar el dolor que causaba en este corazón que no la olvida. Hasta ahora no entiendo la manera unilateral en que decidió terminar con aquello que para mí recién iniciaba. Yo la extraño mucho, la extraño como nunca imaginé extrañarle. Atormenta ver las tardes en la playa cuando cae el sol y sigo solo, atormenta mucho aceptar que no hemos vuelto a hablarnos ni a vernos hasta hoy.
 
Los viernes venideros ya no serán las mismas sin ella; ese bar que está escondido en la pequeña calle de este centro histórico, el de fabulosos adornos, ya no será la misma sin su compañía. Con su férrea decisión en sacarme para siempre de su vida le está diciendo adiós a nuestros viernes que fueron fenomenales. Con su repentino e insufrible alejamiento pretende que Yo le diga adiós a todos esos momentos que vivimos uno al lado del otro, con su alejamiento pretende que le diga adiós a todos esos viernes vividos a todo lo que en un momento fue maravilloso a su lado.


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