Fue temporada de invierno cuando la conocí, cuando me deslumbró con su presencia, con su lógica, con su discurso. Los cafés humosos eran muy cotizados por ella y por el grupo de amigas que le acompañaban esos días.
Una y mil veces nos cruzamos por estas calles, entre esos encuentros que fueron al azar llegó ese domingo. Día de festividad, de bailes y de jolgorio. Ese domingo no le perdí la mirada, estuve pendiente de todo lo que hacía. Si ella sonreía yo la acompañaba con otra sonrisa. Si ella cantaba a viva voz, hacía dupla con ella hasta que nuestras voces se confundieran. Si ella pretendía reírse de alguna broma hecha por ella misma y a veces sin sentido, yo le daba sentido y el grupo entero reía hasta las lágrimas.
Desde aquel domingo en que me sonrió y brilló la esperanza la he vuelto a ver un par de veces, fueron encuentros fugaces, alguna vez en ropa de baño, otra en ropa deportiva y otra en un sport elegante; momentos distintos pero catalogados por mí como únicos. Desde esos cortos episodios he pasado mis días pensando en ella, planificando qué decirle en un próximo encuentro antes de que ella cambie de rumbo, de mirada, de objetivo.
Estos últimos días la imagen de su rostro y su sonrisa pululan en mi mente. No he logrado borrar aquel domingo de invierno, cuando frente a sus amigas, delicadamente me tomó de las manos, me miró fijamente y me sonrió. Ese pequeño gesto que tuvo conmigo y que ahora podría calificarse como furtivo, quedó en mí como el recuerdo mas hermoso de ella, de ese día.
Ahora que tenemos días distintos, debo decir que ella gustaba de la temporada de invierno. Le fascinaba cubrir su exuberante cuerpo con sus vestidos enterizos que le caían espectacular. Se que le gustaba el invierno porque cuando tuve la oportunidad de verla en las mañanas el sabor a café era el aroma cotidiano de sus labios, de su aliento. A mi también me pareció perfecto ese invierno porque me hubiera gustado abrigarle con mi calor y utilizar el frío intenso como argumento perfecto para que en cualquier lugar y en cualquier momento pueda abrazarla, pero no lo hice, faltó mucha valentía.
Ahora que estamos en primavera, pienso que ella volverá cuando vuelva el invierno. Pienso en ella ciertos días que amanece anublado, cuando el tiempo tiene lagrimas en los ojos que caen en las hojas de las plantas de este pequeño jardín de la casa. Pienso en ella cada vez que las lagrimas del tiempo caen en el parabrisas de la camioneta y recorren todo el panorama como si recorrieran todo mi ser.
Ella no es de mi entorno cercano, nuestro ultimo encuentro ha sido fugaz y ocurrió cuando menos lo esperaba; ocurrió cuando realmente no estaba preparado para decirle lo que debí haberle dicho hace buen tiempo atrás. Esa vez fijamos fecha y hora definida de encuentro, pero nunca llegó. Y así se marchó, llevándose con ella mi silencio y mis pretensiones; dejándome el timbre de su voz en mi interior, su imagen en mis pupilas y sus latentes recuerdos en mi mundo...
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