Estos primeros meses del año he pensado intensamente en ella. Le escribí una misiva en la que le confesé que esta monotonía me está consumiendo lentamente. Entre líneas, le expresé mi inquietud por no comprender por qué su barco aún no llega a mi puerto. Le pregunté si el oleaje de nuestro mar se encontraba agitado y si debía esperar pacientemente a que las aguas recuperaran su calma para poder reencontrarnos. En esa misma misiva le hablé de la ausencia, de los silencios y de la esperanza que todavía guardo en algún rincón de mi alma. Y así, durante todo este tiempo en que aguardé su respuesta, he ido hilvanando en mi memoria cada una de nuestras conversaciones, cada sueño compartido y cada uno de los planes duraderos que imaginé construir a su lado. Entre recuerdos y anhelos, he seguido sosteniendo la ilusión de que algún día nuestros caminos vuelvan a encontrarse en el mismo horizonte. Y así, después de una eterna espera, el reencuentro ha sido glorioso. Mientras ella se a...
Aquel día, rumbo a la capital, sentados en los asientos delanteros de la camioneta, me tomó de las manos, y como tantas veces, prometió que jamás dejaría de amarme. El sol brillaba, el cielo era azul y el paisaje, de un verde intenso, parecía perfecto. Pero tras un par de horas de viaje, al ingresar a Lima, todo se volvió gris: la tarde se tornó tétrica, la neblina cubría el horizonte y la llovizna obligaba a los limpiaparabrisas a no detenerse. El frío de la ciudad caló tan hondo que también enfrió lo poco que quedaba entre nosotros. Ya de noche en la ciudad gris, por temas que hasta ahora intento comprender, en lugar de darnos afecto nos herimos como nunca. Hablamos más de lo necesario y sentimos que el amor que nos unió durante tanto tiempo se despedía de nosotros. Poco a poco entendimos que estábamos en un lugar en el que ya no deberíamos estar. Las cosas no resultaron como quisimos y duele; solo queda aceptar que el destino decidió que así debía terminar lo nuestro. Sencillamente,...