Aquel día, rumbo a la capital, sentados en los asientos delanteros de la camioneta, me tomó de las manos, y como tantas veces, prometió que jamás dejaría de amarme. El sol brillaba, el cielo era azul y el paisaje, de un verde intenso, parecía perfecto. Pero tras un par de horas de viaje, al ingresar a Lima, todo se volvió gris: la tarde se tornó tétrica, la neblina cubría el horizonte y la llovizna obligaba a los limpiaparabrisas a no detenerse. El frío de la ciudad caló tan hondo que también enfrió lo poco que quedaba entre nosotros.
Ya de noche en la ciudad gris, por temas que hasta ahora intento comprender, en lugar de darnos afecto nos herimos como nunca. Hablamos más de lo necesario y sentimos que el amor que nos unió durante tanto tiempo se despedía de nosotros. Poco a poco entendimos que estábamos en un lugar en el que ya no deberíamos estar. Las cosas no resultaron como quisimos y duele; solo queda aceptar que el destino decidió que así debía terminar lo nuestro. Sencillamente, sin avisar, el adiós se adelantó a los sueños y a los planes que habíamos tejido.
Los viajes a mi lado han terminado, ella ya no está aquí, donde vivía su infelicidad disfrazada de alegría, adormeciendo su tristeza. Los últimos días antes de su partida ya no veía el tenue brillo de sus ojos que apenas ocultaban la desesperación que mostraba por ser rescatada. Ella se fue de este lugar donde permanecía simulando ser feliz, sonriendo a medias, cumpliendo tétricamente sus labores del hogar e intentando olvidar su desdicha, aunque fuera por un instante. Finalmente, ella emprendió su vuelo siguiendo el camino de sus anhelos.
Muchas veces, antes de su adiós, me he detenido a ver su silueta, su rostro feliz y su sonrisa desde el segundo piso de la casa; he oído sus gritos, sus carcajadas y, a veces, su molestia con el gato gris que, sin medir el peligro, cruzaba del techo a la ventana. Ese gato permanece aquí, en este espacio frío de muebles grises y de habitaciones inhóspitas; pero su voz y su presencia se fueron desvaneciendo con su adiós. Me duele no saber qué rumbo tomará. Me entristece pensar que quizá otros brazos se aprovechen de su gentileza, su sencillez, su trato cordial.
Cuando me dedico a recordarla, pienso que tal vez, en esas incontables veces que viajamos juntos dejé pasar oportunidades valiosas: creo que preferí contemplar el mundo que recorríamos, en lugar de contemplarla a ella. Descuidé la posibilidad de convertir cada trayecto en un momento inolvidable para quien me acompañaba. Acepto que aquellos viajes, que parecían eternos, hoy son solo recuerdos lejanos de una etapa de nuestras vidas. Ahora que ya no está, en este frígido invierno las nubes ocultan el sol y preparan la tormenta, convirtiendo en ecos de un ayer distante nuestros momentos de felicidad.
Estos días empecé a escribirle una carta, una de despedida que mezcla lamento por habernos encontrado en un momento equivocado de nuestras vidas y gratitud por todo lo vivido. En esa carta le reclamé el incumplimiento de su promesa el de quedarse conmigo toda la vida, y le reproché por el orgullo cruel que hasta ahora le domina. Y aunque esa carta nunca se la envié, en el fondo fue mi manifiesto de adiós. Y aunque una parte de mí aún deseaba mantener la esperanza de su regreso y salvar el viaje que iniciamos hace décadas, ganó la fría certeza de que había llegado la hora de dejarla ir.
Y así estamos terminando: sin una sola palabra, dejando que los mejores momentos se desvanezcan como el polvo de la ropa vieja incinerada, alejándonos sin un adiós ni una explicación de lo que falló. Así estamos terminando: en un silencio cruel e incomprensible, creyendo que bloquearse en las redes sociales y teléfonos es lo mejor. Así estamos terminando: permitiendo que la soledad y la ausencia alimenten el dolor, que las ganas de vernos nos desgarren por dentro, y que la imposibilidad de olvidarnos reine por siempre en nuestras mentes.
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