Estos primeros meses del año he pensado intensamente en ella. Le escribí una misiva en la que le confesé que esta monotonía me está consumiendo lentamente. Entre líneas, le expresé mi inquietud por no comprender por qué su barco aún no llega a mi puerto. Le pregunté si el oleaje de nuestro mar se encontraba agitado y si debía esperar pacientemente a que las aguas recuperaran su calma para poder reencontrarnos.
En esa misma misiva le hablé de la ausencia, de los silencios y de la esperanza que todavía guardo en algún rincón de mi alma. Y así, durante todo este tiempo en que aguardé su respuesta, he ido hilvanando en mi memoria cada una de nuestras conversaciones, cada sueño compartido y cada uno de los planes duraderos que imaginé construir a su lado. Entre recuerdos y anhelos, he seguido sosteniendo la ilusión de que algún día nuestros caminos vuelvan a encontrarse en el mismo horizonte.
Y así, después de una eterna espera, el reencuentro ha sido glorioso. Mientras ella se acercaba a mi encuentro me percaté que lucía un vestido verde enterizo espectacular que resaltaba su figura. Ella mostraba una sonrisa que me atrapaba, yo sin decir palabra acariciaba su cabello marrón ondeado que se agitaba y se mecía con el viento.
No puedo negar que yo era feliz mientras ella sonreía, pues no era una de esas sonrisas fingidas o fugaces, sino una que permanecía iluminando el viaje y alimentando las ganas de que éste no termine tan pronto.
Lo mejor de aquel día no solo fue el reencuentro, sino, fueron todos los sueños y planes que hicimos para no alejarnos demasiado. Hicimos planes sin dejarnos de amar, disfrutábamos del viaje teniendo de compañero al mar. Ese día, lo recuerdo como ayer, hablamos mucho de que ese viaje sería para nunca olvidar.
Mientras nos abrazábamos, mutuamente susurramos palabras en secreto, como si evitáramos que ajenos oyeran nuestros planes. Con ese afán, ella se me acercó mucho más, sentí sus pechos pegados al mío, su vestido de tela muy delicado y sencillo hacia que sintiera su cadera y su piel pegado a mí.
Yo la abracé, luego bajé mi mano derecha por su espalda hasta llegar a su cintura, bailando al compás. Bajé mis manos un poco más abajo, hasta sentir su respiración más agitada.
Y ahora, aunque hicimos planes para volver a vernos más seguido, debo decir que la soledad reina entre los dos.
Y así, un viernes de enero, mes de invierno, finalmente terminamos por perdernos, o mejor dicho: la perdí. Ese enero inició con un profundo silencio y el bullicio de la soledad.
Con qué me quedo ahora que el crepúsculo de estos días ya no son hermosos?
Qué tengo de ella, ahora?, nada.
Qué queda de nosotros?.
Si este verano ardiente, totalmente diferente a los anteriores, se ha vuelto efímero y vulnerable y ha hecho de mí un ser tétrico y melancólico?
De la nada escucho su voz, en esos instantes reproduzco en mi mente las imágenes de ese ultimo día en que pudimos compartir momentos. Y mientras cierro los ojos no pienso en otra cosa más que en ella y en el nombre de su tierra natal que fijamente me recuerda a su nombre.
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